¿Os ha ocurrido alguna vez que, aun no siendo muy fanáticas de ningún deporte, os hayáis encontrado a vosotras mismas mirando la final de algún súper-partido en la que participa vuestro país y de repente descubráis un nuevo “yo”?… ¡pues esa soy yo!

Fútbol, tenis, golf… ni siquiera importa si conoces o no las reglas del juego. Una persona o equipo de tu país está en el escenario de la final, y ahí estás tú, desgallitándote cada vez que hay «un punto» a su favor. ¡Qué subidón de adrenalina, que nervios!

Incluso aplico trucos secretos del tipo: apretar los puños para concentrar la energía y transmitirles buena suerte. ¡Funciona!… ¡Estamos comentadísimas!… En la siguiente ocasión, de repente, no ha habido el resultado esperado con «mi ritual». ¡No puede ser! Entonces me levanto y me doy una vuelta para recargarme de nuevas y buenas vibraciones…

¿Seré primaria??

El país ganador ha despertado una euforia de contento imparable en millones de seguidores alrededor del planeta.

Ojalá, como el duende protagonista que da título a la película («Elf»), nuestra acción favorita de vida fuese sonreír. Que todos rebosáramos de buenas intenciones y creyésemos que todo el mundo es bueno.

Ojalá, en el deporte de la vida, la humanidad entera cantase al unísono el himno de la paz. En perpetua euforia.

Un abrazo serenamente eufórico,

Luisa