Hace unos días hablábamos con un pequeño grupo de amigas, y una de nosotras comentaba lo mucho que le gusta cocinar y «lo no tanto» que le gusta dedicarse a la limpieza. Durante la conversación, nos iba compartiendo detalles de sus elaborados platillos, electrodomésticos imprescindibles para mezclar, amasar, etc., y lo fácil que le es encontrar tiempo para deleitar a su familia con un suculento placer gastronómico. Con gran sentido del humor y simpatizante de la mentalidad «Kum ba yah», compartía que cuando ve una pelusa en el suelo, no siente urgencia por barrer, sino que permite que la susodicha aglomeración de motas de polvo se reúna con otras

bolas tribales de su misma especie. Lo más curioso fue cuando explicó que se le cayó un lápiz y en su trajín de cocinar sin interrupciones, nunca llegó a hacer el ejercicio de acercar la mano al suelo para rescatar al lapicero. Yo me la imaginaba la escena tipo película de artes marciales en las que, cuenco y espátula en mano, toma altura levitando por encima del lápiz para aterrizar sin despeinarse al otro lado de la isla de la cocina. Y así cada vez que sus pies percibían un obstáculo en la superficie del piso. Vamos, que ni la protagonista de Hero o kill Bill se pueden comparar a la agilidad rollo matrix de una mujer en una misión culinaria. Damas y caballeros, ninguna traba alterará el menú del día 😉

¿Y tú?  disfrutas más cocinando o limpiando? A mí, lo creáis o no, limpiar y ordenar me relaja y me ayuda a «ver con claridad». En cuanto a la cocina, me gusta llegar cuando el plato ya está servido. Y agradezco a diario nuestra fortuna de disfrutar de una buena comida.

Un abrazo con olor a bechamel,

Luisa

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