Os voy a contar un cuento que me ha encantado. Un cuento con final feliz. Un cuento alentador y que invita a mantener vivas las ilusiones.

Los sueños se pueden convertir en realidad si los protagonistas son gente de bien. De los que se inyectan protones y reciben transfusiones de empatía. Gente como tú.

Érase una vez una niña que soñaba con cambiar el mundo. Creció, y su idea del cambio fue variando según fue entendiendo mejor la vida. Para hacer el bien, no había que viajar a otros lugares, ya que el viaje más apasionante y repleto de aventuras es el viaje interior. Pero de esta expedición, hablaremos otro día…

El destino y un avión, la llevaron a vivir a millones de centímetros de distancia de su ciudad natal. En el nuevo territorio, conoció a un gran número de mujeres con las que compartía una intersección de idioma y circunstancias de vida. Poco a poco fueron creando una magnífica infraestructura para la empresa que se iniciaba y a la que bautizaron con el nombre de «Las Maris de Charlotte», grupo social con inquietudes multiculturales.

Uno de los departamentos situado en la primera planta de sus prioridades, fue crear un Club del libro. Y uno de los magníficos libros escogidos: El asesino de La Pedrera.

Llegó el cumpleaños de la niña pluri-décadas y sus amigas de tertulia le regalaron una «Ginkana» con el recorrido donde se desarrollaba el argumento del libro protagonista de esta historia…

La niña pluri-décadas regresó a sus orígenes. Familia, amigos y una Ginkana, su alfombra roja. Como buen animal social, contactó a un grupo de antiguos amigos para así, a través de un nuevo club de lectura, tertuliar y ginkanear juntos… Pero en su mente pensante saltaban «a la pata coja» en «un inmenso corro de la patata» ideas de niña feliciana. ¿Porque no intentamos contactar con el autor del libro para que nos acompañe en la tertulia y nos cuente y le contemos? ¿Lo hacemos?,

Mecanismos en marcha, se hizo el intento de contacto. Y constelaciones a favor, permitieron ese encuentro. Así de fácilmente nos premia la vida a veces. Cerrando historias. Uniendo círculos. Aunque para ello, se necesita el Aro perfecto. ¡Gracias Aro!

Y gracias, ¡mi estimado club del libro! Gracias a la una, gracias a las dos… gracias una por una… Siempre gracias…

Un abrazo Aro-matico,

Luisa