Hace unos días estaba conversando con unas amigas sobre lo mucho que ha cambiado la vida desde nuestra niñez (y no somos tan mayores, quiere uno pensar…:))

El punto es que, en esta era, toda la gente joven está muy concienciada de ciertos valores: de reciclar, de que les gustaría trabajar de lunes a jueves y disfrutar de la calidad de vida de un fin de semana de tres días, de que la empresa para la que trabajan done un porcentaje a alguna fundación que defienda la buena causa, etc. Todo es admirable. Como lo es adoptar e integrar a un lindo perrito como miembro de nuestra familia.

Los animales de compañía son maravillosos. Su alegría cuando nos ven, multiplica la nuestra. Ahora bien, en el momento en que escucho que los perritos tienen un armario con ropa para las diferentes ocasiones y que sus propietarios les montan «tardes de juego con amigos caninos», algo en mí se zarandea. Y ya no voy a hacer la comparativa con el hecho de que hay personas en otra parte del mundo viviendo en la escasez. Entiendo que cada cual vive el presente que le ha tocado vivir. Sin embargo, cuando esas mismas personas, paseando a su perrito con vestido de gala, pasan sin ningún grado de empatía por al lado de un mendigo, pienso: el mundo al revés.

¿Por qué ignoramos a los seres humanos necesitados que viven en la calle?

¿Por qué marcamos distancia al pasar por su lado?

¿Y si en ese preciso momento, alguien te amenazara por la espalda, crees que el mendigo se convertiría de repente en tu aliado? ¿Por qué ahora y no antes?

Algún día, filosofaremos juntas.

Un abrazo constelado,

 

Luisa