Hola mujeres hermosas, grandes mujeres…

Aquí nos une de nuevo la vida. Gracias a nuestro encuentro semanal en el que comparto experiencias e ideas que me ayudan a pensar mientras tecleo, me doy cuenta de la serie de aventuras que nos van ocurriendo continuamente y como la vida nos reta en todas las esquinas.

Fijaos lo que me pasó. Una amiga me contaba un día que tiene una «supertrituradora» que procesa alimentos dejándolos a pedir de boca. Uno de sus platos populares son las croquetas. ¡Croquetas! pensé! ¡Ese … es el invento del siglo! Les gustan a niños y a mayores y si son caseras y se hacen rápido, pues qué maravilla. Vamos, ¡una lotería! Mi amiga, visto mi entusiasmo, me invitó a ir a su casa, ingredientes en mano, para preparar la masa de las croquetas.

Habíamos quedado al mediodía, así que no cancelé la cita que tenía esa misma mañana para cambiar el aceite del coche. Me daba tiempo, según la persona que me atendió telefónicamente, sólo tardarían una hora. Llevo el coche. Lo dejo y me doy un paseo por la zona. Regreso con alguna compra que realicé en un supermercado cercano. Pregunto si ya está listo y me dicen que «casi». Me siento, mientras desde las cristaleras podía ver mi querida casita andante. Pasan los minutos y el señor que estaba en los alrededores de mi querido auto, se pone a comer en una mesa/atril mientras consultaba su teléfono. Yo pensaba. ¡No puede ser! Seguro que han dado orden de que me avisen. Vuelvo a preguntar al recepcionista, que muy amablemente le consulta al señor enfrascado en su teléfono. Hablan unos minutos y el propio recepcionista conduce mi coche hasta otra «estación», comprobando anonadada que lo vuelven a subir en la plataforma para inspeccionarle la «barriga». El recepcionista, a su regreso, me da el «parte médico». ¡El coche necesita que le hagan la alineación y van a rotar los neumáticos, todo por el mismo precio! Yo le digo, oiga, es que tengo una cita y tendría que salir en 10 minutos. Respuesta: no se preocupe, en 10, como mucho 15, estará listo. Bueno, está bien… avisaré a mi amiga para notificarle el posible retraso. Nooooooo, el dichoso teléfono móvil, se queda sin batería!! (¡y no se vosotras, pero yo ya no me se ningún número de teléfono de memoria!). Pasan los minutos, 10, 15, 20 y el coche sigue «en las nubes». Yo, aunque no quería ser intensa, vuelvo a preguntar al recepcionista. Oiga, mire. es que: «tal y tal y tal». El señor, muy resolutivo, vuelve a entrar en el garaje. Le veo hablando con el mecánico, que, hacia aspavientos con los brazos, arriba, abajo, arriba, abajo mientras hablaba todo acelerado él (aunque no le podía escuchar, le podía ver). Regresa el recepcionista para decirme que la «elevadora» se había bloqueado y no podían bajar el coche. ¡La madre del cordero!!! en serio? Me tocó respirar, intentar visualizar a mi amiga adivinando lo que había pasado y esperar… Cuando al final el bendito coche aterrizó en tierra, conecto el teléfono para conseguir la batería justa para avisar a mi master chef en croquetas… El mensaje de esta historia está en la respuesta de la amiga: no te preocupes, me imaginé que te habías quedado incomunicada. ¿Quedamos mañana?

¡Gracias, gracias, gracias! por esa actitud comprensiva, que no juzga y que empatiza ofreciendo alternativas.

Reto del día: comprensión universal ante alguien que «os descoloque».

Bellas amigas. Siempre os invito a participar, porque esta misión: Comunicar, inspirar, conectar a las mujeres de este planeta, es nuestra.

Luisa