¿Os habéis dado cuenta de la cantidad de veces que hacemos proyecciones (asumimos, damos por supuesto) en la vida?

Ejemplo inventado:

  1. Te encanta el café y un día quedas con una amiga para tomar algo y te apetece un té helado con extra dosis de azúcar. La cara de tu compañera de mesa es de sorpresa total, con el correspondiente comentario: ¡Anda! no sabía que te gustaba el té!

Las respuestas personales a ese comentario pueden ser variadas:

  1. Si, ¡me encanta!, aunque normalmente tomo café porque soy amiga de Juan Valdés 🙂
  2. De hecho, no me entusiasma, pero hoy sencillamente me apetecía.
  3. Es que tengo un nuevo novio inglés y estoy haciendo inmersión en su cultura.

Esta es solo una «ligera» muestra de las múltiples ocasiones en las que asumimos el porqué de una acción, sin tomarnos el tiempo de ESCUCHAR cual es la verdad de la otra persona.

¿Porque creéis que lo hacemos?… es un instinto primario?

¿Una frustración como guionistas de cine y por tanto nos dedicamos a acabar “cortometrajes”?

¿Una tendencia adquirida culturalmente?

Yo pienso que, en la vida, en general, cuando hablamos y actuamos, damos mucha información de nosotros mismos.

Por ejemplo:

Te invito a mi casa y te ofrezco un café. Tu respuesta es: no, gracias.

Al cabo de un rato te vuelvo a preguntar… ¿seguro que no quieres un café? Tu respuesta: no, gracias, estoy bien.

Pasa un rato más y te digo. Me sabe mal que no hayamos tomado ni un café. ¡Voy a preparar uno!… muy probablemente, o es a mí a la que le apetecía el café, o estoy actuando a través del peso de la educación recibida.

Sea como fuere, que bonito seria poder respetar y aceptar la respuesta de nuestro interlocutor como su respuesta válida del momento. Respuestas que, ante una misma situación, varían a lo largo de los años de la misma manera que cambia la vida y nosotros con ella.

Respetando las hermosas tradiciones, pero dejando atrás la incapacidad de cambio.

Y si invitas a cenar a unos viejos amigos a casa y te dicen que ahora son vegetarianos, no sirvas cordero asado (como la tía de la novia en la película “Mi gran boda griega”), ¿recuerdas?

Un abrazo tradicional, con un tatoo a la derecha,

 

Luisa